jueves, 18 de septiembre de 2008

APARTADOS SUS OJOS DE LAS SOMBRAS



-Alejado de la realidad y apartados sus ojos de las sombras de la caverna el Arte revela su propia perfección, y la muchedumbre que ve atónita el despliegue de la maravillosa rosa de infinitos pétalos se figura que es su propia historia lo que están contando, su propio espíritu lo que encuentra expresión en una forma nueva. Pero no es así.-
Oscar Wilde. La decadencia de la mentira


Cualquier representación de la realidad no es la realidad, sino una réplica de ésta. Lo sabemos ahora que suplantamos el dinero metálico por electrónico, la ideología por la realidad por el reality show y los parques temáticos por una vuelta al mundo. También sabemos que una representación es una imagen especulativa de la mente, un acto de elección del artista. Sin embargo, ya Platón nos advirtió de que el mundo de los creadores es el de los espejos que engañan la mirada. No obstante, el artista nos ayuda a conocer el mundo, nos despierta los sentidos. De hecho, tan ciegamente nos hemos creído -su verdad- que ahora sólo somos capaces de recrear la realidad a través de sus ojos. Confiamos ciegamente en las imágenes que proyectan otros.

procesion 30x123 cn año 2003

Cayetano Ferrández sitúa su obra fotográfica en esa delgada linde que separa la ficción de la realidad; el mundo de las apariencias y , por extensión, de las ficciones y simulacros. Trabaja sobre la verdad y mentira y mentira haciéndonos conscientes de la -no inocencia del ojo-, de la paradoja, tanto del artista como del receptor de la obra. Algo que entendemos muy bien en otro tipo de disciplinas artísticas como la pintura o la escultura, pero que es desconcertante cuando nos referimos a la fotografía. Creemos que la imagen fotográfica no miente. Erróneamente pensamos que toda la fotografía encierra la verdad. Ferrández boicotea la certeza ciega de nuestra confianza e inocente mirada. Replantea nuestra relación emocional con respecto a la fotografía y construye espejismos narrativos, se comporta casi como un escritor capaz de construir toda una cosmogonía narrativa.

Una vez que Cayetano Ferrández ha dado el golpe (el corte) , todo está dicho, todo está fijado, de forma que se instala definitivamente en un más allá acrónico e inmutable. Un fuera del tiempo momificado, congelado y vitrificado. Sabemos que esa imagen fotográfica es indisociable del acto que la constituye, de forma que no es tan sólo una huella luminosa, sino también una huella trabajada por un gesto radical que que interrumpe, detiene, fija, inmoviliza y separa el instante. Esto implica que el ojo de este fotógrafo fracciona, elige, extrae, aísla, capta una porción de la extensión de una acción que está desarrollando delante de él mismo en la que resquebrajado la lógica cotidiana a través de una dramaturgia que el mismo ordena. La foto emerge así como tajada de una realidad misteriosa y oscura que el artista recrea a su antojo, su cámara-cuchillo ha rebanado la imagen de la historia que busca contar. No nos resulta posible pensar la imagen fuera del acto, la toma que, precisamente la hace posible. Tenemos que pensar en el fotógrafo como en alguien que realiza una acción inmerso en una serie de circunstancias lo que implica una determinada contemplación de esa fantasmagórica realidad. La toma en Ferrández, se convierte en una enunciación, en un discurso conciso, hermético y sugestivo.



Una breve e intensa historia es un cuento, ese género literario que siempre se ha movido en el terreno ambiguo de lo culto y popular, de la libertad y la experimentación, de la tradición y la vanguardia. Dicen los lingüistas que la mejor definición de cuento la dio Poe al al observar que es un género en el que la brevedad obliga a la eliminación -el cuento cuenta aun cuando no es cuento-. Así de sintético se nos muestra Ferrández que, no obstante, recurre a un elaboradísimo plan de trabajo puesto que, previamente, debe planificar y escenificar la composición fotográfica. Como apólogos podemos entender estas fantásticas imágenes en las que los personajes de apariencia humana recrean unas imágenes capaces de tornarse inquietantes pesadillas. Historias imaginarias cercanas al terror gótico, interpretadas por hombrecillos de plástico a los que, lejos de parecer objetos kitschs, el desamparo de la humanidad, la soledad y la incomunicación, parece haber trasmigrado en estas inquietantes obras.
Estos actores universales parecen enfrentarse a situaciones en las que la narratividad está dispuesta siguiendo un ritual cortante, elíptico e intenso pero, en el conjunto de los elementos dispuestos, hay un punto cercano a una realidad arcana que nos perturba y asusta. Podemos reconocer estas terroríficas estampas como parte de nuestro imaginario fantástico. Porque, cómo explicar sino que podemos recordar lo que antes no hemos visto. Son imágenes que están agazapadas en nuestro inconsciente. Son imágenes nacidas de las pesadillas en las que los presentes se sustituyen, se recrean, se bifurcan y vuelven a nosotros mecidos por los recuerdos o el devenir. Por su contundencia uno recuerda aquel cuento rotundo de Augusto Monterroso: -cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí-.

Yo también cierro los ojos ante una fotografía de Cayetano Ferrandez, pero sé que, cuando los vuelva a abrir, esos hombres continuarán allí mecidos por las sogas que los sustentan. Hombres enredados como fardos a merced de mis pesadillas.

Texto : Mara Mira

"columna" 22x56 cn año 2003